Por: Joan Martí, Basado en la obra: El imperialismo al desnudo (Comp. Arreaza & Carucí)
A menudo cometemos el error de analizar la guerra, la crisis climática o la inestabilidad política como fenómenos aislados o accidentes de la historia. Sin embargo, una lectura profunda de la realidad actual —tal como se expone en la obra colectiva El imperialismo al desnudo— revela una verdad mucho más inquietante y sistemática: todas estas crisis son síntomas de una única patología. Se trata del capitalismo salvaje, un sistema cuya pulsión fundamental, la acumulación infinita de ganancia a través de la explotación del hombre por el hombre, ha creado, modelado y ejecutado las formas políticas del poder mundial.
La política occidental no es el freno del mercado; es su capataz. Y en el siglo XXI, este capataz se ha quitado la máscara de la diplomacia para mostrar su verdadero rostro: el de la depredación absoluta.
La violencia como activo financiero
La historia de Occidente no es la historia de la “democracia” o la “libertad”, sino la crónica de un despojo continuo necesario para alimentar la caldera del capital. Como señalan Jorge Arreaza y Nerliny Carucí, la violencia no es un error en el sistema; es su constituyente fundamental.
Para que exista acumulación de riqueza en un polo (el Norte Global), debe existir necesariamente un despojo en el otro (el Sur Global). El “capitalismo salvaje” no es una deformación moderna del sistema, sino su esencia destilada. Las instituciones políticas, desde los Estados-nación europeos hasta los organismos multilaterales, fueron diseñadas con un objetivo: garantizar que la transferencia de riqueza —de la periferia al centro, del trabajador al dueño— nunca se detenga. Cuando el consentimiento falla, entra la violencia. Hoy, ante el agotamiento de sus propios mitos, el imperialismo actúa como un animal herido, recurriendo a una agresividad brutal para sostener lo insostenible.
Geopolítica del despojo: La guerra es una inversión
Si aceptamos la tesis de que el lucro es el dios que dicta la política, las guerras contemporáneas dejan de ser conflictos “étnicos” o “religiosos” para revelarse como meras operaciones de reingeniería territorial para el capital.
Ana Esther Ceceña ilustra esto magistralmente con el caso de Gaza. La narrativa mediática nos vende un conflicto milenario, pero la realidad material apunta a los libros de contabilidad. El genocidio en Palestina no es pasional, es funcional. Responde a la necesidad de controlar nudos geopolíticos y recursos energéticos (gas en el Mediterráneo) vitales para la supervivencia económica de Occidente.
El proyecto del Canal Ben Gurion, diseñado para competir con el Canal de Suez, requiere una geografía “limpia” de obstáculos humanos. Aquí, el capitalismo salvaje muestra su faceta más fría: la población palestina es vista como un pasivo, un estorbo para el flujo de mercancías que debe ser “disciplinado” o eliminado. La política israelí y el apoyo incondicional de EE.UU. no son más que el brazo ejecutor de esta necesidad económica.
La naturaleza como mercancía barata
La explotación del hombre por el hombre tiene un correlato inevitable: la explotación de la naturaleza por el hombre. Francisco Herrera y Daniel Lew nos recuerdan que el capitalismo se basa en la ficción de que la naturaleza es una despensa infinita y gratuita.
El sistema ha funcionado históricamente apropiándose de los “Cuatro Baratos”: fuerza de trabajo, alimentos, energía y materias primas. Pero el planeta tiene límites físicos que el mercado ignora. La crisis ecológica actual es el resultado de un sistema que transfiere sus costos ambientales a los pobres del mundo. La “teología política” del capital ha fracturado el metabolismo de la vida. Ante la escasez, el sistema no busca reducir el consumo, sino conquistar violentamente las últimas fronteras de recursos (la Amazonía, el petróleo venezolano, el litio andino), convirtiendo la ecología en otro escenario de guerra imperial.
La colonización de la mente: El software de la sumisión
Para que la explotación sea sostenible, el oprimido debe desear parecerse al opresor. Abel Prieto desnuda cómo la maquinaria cultural (desde Hollywood hasta los algoritmos de las redes sociales) funciona como el departamento de relaciones públicas del capitalismo salvaje.
Esta es la “guerra cognitiva”. El objetivo es borrar la memoria histórica de los pueblos —como el saqueo del Museo de Bagdad— para dejarlos en un “presente perpetuo” de consumo y banalidad. Se busca crear un individuo atomizado, competitivo y egoísta: el sujeto perfecto para el neoliberalismo. Si la gente cree que el éxito es tener más que el vecino, el sistema está a salvo. La cultura se convierte así en un arma para impedir que las víctimas reconozcan a su verdugo.
La arquitectura del robo institucionalizado
La explotación no siempre necesita bombas; a veces le basta con una firma. Judith Valencia explica cómo Occidente ha construido una “estrategia intencional” de dominación a través de la deuda y las finanzas.
El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la hegemonía del dólar no son instituciones neutrales; son los mecanismos políticos creados para someter a las naciones soberanas a los intereses de la Reserva Federal. La deuda externa es el grillete moderno. Sin embargo, este diseño se ha topado con una resistencia inesperada: la “insubordinación” de proyectos como la Revolución Bolivariana, que al proponer mecanismos de integración solidaria (ALBA-TCP), desafiaron la lógica de la competencia capitalista, demostrando que otro orden es posible.
El declive del imperio y el gangsterismo final
Finalmente, Ramón Grosfoguel nos sitúa en el momento actual: el capitalismo occidental está en decadencia. Habiendo perdido su competitividad comercial frente a China y su legitimidad moral ante el Sur Global, EE.UU. transita hacia una fase de “gangsterismo internacional”.
Ya no intentan convencer con el “sueño americano”; ahora simplemente roban activos (el oro de Venezuela, las reservas rusas) y utilizan la fuerza bruta. Es el capitalismo salvaje sin maquillaje liberal. En este contexto, Venezuela se convierte en un objetivo estratégico no solo por su petróleo, sino porque su intento de construir un Estado Comunal representa una herejía contra el dogma de la propiedad privada y la acumulación individual.
Conclusión: Socialismo o Barbarie
El texto El imperialismo al desnudo confirma una tesis aterradora pero esclarecedora: las formas políticas de Occidente, sus guerras y sus leyes, son meras extensiones de su insaciable hambre económica. El capitalismo salvaje está dispuesto a sacrificar la vida humana y el equilibrio planetario para mantener su tasa de ganancia.
La disyuntiva histórica es clara. O seguimos bajo la tutela de un sistema que convierte la sangre en dinero, o construimos alternativas basadas en la reproducción de la vida, la solidaridad comunal y la soberanía real. La explotación del hombre por el hombre ha construido el mundo moderno, pero ese mundo se está derrumbando. Lo que surja de sus escombros dependerá de nuestra capacidad para resistir y crear de nuevo.
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